Una historia se cuenta cada día, individuos que comparten un sentido.
Un conjunto de individuos que conviven dentro de un espacio, tienen hábitos y costumbres iguales, huelen y sienten muy parecido, sueñan y luchan por salir del gran engranaje.
Un momento en el que se logra romper la perfecta cuerda que unía al sistema, los rostros envejecen las caras se alargan y en un instante aquel gran reloj que tan a tiempo daba la hora se vuelve un reloj sin resortes y comienza a desfasarce minuto a minuto.
Solo un momento se necesita para desvanecer la perfecta figura del respeto y honor del nombre, con un nuevo hábito una costumbre y un nuevo personaje.
Siguen creciendo las generaciones y la genialidad vuelve a nacer para ser destrozada por la ignorancia de los nuevos engranes que se van formando, oxidados y olvidados cubiertos de sarro y algo de polvo.
Cuando el instante en el que el viejo reloj junta sus piezas para intentar el gran gigante de volverse a armar, ya es tarde, algunas piezas ya jamas las encuentra, y la concordancia con las nuevas piezas ya jamás se encuentra.
En un espacio de tiempo, un instante, vuelve a recordar cuando el gran reloj sonaba al tiempo que la sinfonola tocaba, la presa que se había construido al pasar de los años se derrumba lentamente, hasta dejar correr toda el agua que atrapada se encontraba.
Solo un sueño, un parpadeo, un aroma, un viejo sonido, una presencia, y un mismo cielo se necesitan para recordar, añorar, y olvidar todo aquello que te unía en un principio.
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